jueves, 13 de septiembre de 2007

MI CASA EN REFUGIO COUNTY, TEXAS, USA



Ocaso y estación de gasolina en Refugio

El sol, convertido en un círculo rojo, está a punto de tocar el horizonte que, en esta latitud, parece prolongarse infinitamente. La solitaria carretera que conduce hasta la frontera, traza, en ese tramo, una interminable línea recta que se pierde hasta donde la vista alcanza. Junto a mí, en el asiento de al lado, un maletín de mano es mi único acompañante. En mi mente, el enorme deseo de regresar pronto a casa llena todo mi pensamiento. A mi derecha, sobre un montículo de grava interminablemente alargado, descansan, lado a lado, los durmientes que soportan los rieles de la vía férrea que corre paralela a la carretera. Mientras conduzco la noche casi ha llegado, las primeras estrellas brillan tenuemente en la parte del firmamento que ha convertido al cielo en un personaje de dos caras: una que se pinta de un azul profundo hasta convertirse en negro y otra que arde con el ocaso, en medio de un naranja intenso.


Las primeras señales de presencia urbana aparecen: rótulos que me dan la bienvenida; Club Rotario, Club de Leones, Primera Iglesia Metodista, un pequeño motel de tercera clase, un par de restaurantes ofreciendo “fajitas” y "bbq", y el enorme depósito de agua, con la palabra “Refugio” visible desde cualquier parte. Doblo en la esquina de la pequeña gasolinera que el tiempo dejó prisionera en los años cincuenta. Las calles están casi desiertas. Avanzo dos bloques y luego giro a la izquierda, en la calle de la arboleda. Allí está la casa, a mi derecha; grande, mal pintada y de madera; la hierba en franca rebeldía, el tejado llorando la ausencia de algunas piezas perdidas, y el porch, estrenando sillas plásticas. Hay macetas con flores alegres sobre el barandal torneado, pintado con mala mano; a mis pies, en el pórtico de entrada, saluda el tapete con un letrero que, de tanto uso, ha quedado enmudecido; en el batiente de la puerta, como si me esperara hace tiempo, una campanilla alegre anuncia a la familia Madrigal, mi repentina llegada.

Bob Madrigal es un tipo rustico, mejicano hasta el hueso, que no pierde oportunidad para burlarse de mi acento, siendo, el de él, verdaderamente horrendo. Lo conocí en el año 87, cuando le salvo la vida a un Nissan que compré en Austin. Nos hicimos amigos en medio del Tex Mex que salía de los enormes parlantes de su Oldsmobile con asientos de terciopelo púrpura, en el que viajamos a Brownsville para comprar piezas de repuesto para mi pequeño enfermo. A partir de ese día, atravesar Refugio sin pasar por la casa de Bob, sería, más que una ofensa, un verdadero sacrilegio.

Al entrar por el umbral de esa puerta, la escena de mi última visita se repite: el mismo reguero de juguetes de los “chamacos”, las fotos de la raza inundando hasta el más recóndito espacio, el “la-z-boy” desvencijado, apostado frente al gigantesco televisor, el stereo sonando fuerte y los ventiladores de techo girando quejumbrosamente; Marta recibiéndome con un beso, el olor a la merienda, de la que siempre habrá para mi un plato, la Budweiser helada para mitigar la sed del viaje y el abrazo sincero de ese gran amigo que me hace sentir como si estuviera llegando a mi propia casa con su saludo de siempre: “bienvenido a tu humilde rancho”.
Gustavo Abril




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