viernes, 14 de septiembre de 2007

OTRO MUNDO



La iglesia católica de Estanzuela, frente al parque principal.

Por la tarde vi caer la lluvia en el occidente, sobre la Sierra de las Minas. En lo alto de una de sus montañas pude observar una catarata que suele aparecerse, majestuosa, cada vez que el cielo vierte su llanto. El invierno ha llegado, pero aún no ha visitado formalmente este valle casi desértico, pronto se hará presente para refrescarlo todo y quitar de las plantas el color café, vistiéndolas de mil tonos de verde.

Aspirando el olor a humedad, al ponerse el sol, caminé largo rato por este bello lugar, atravesé el más grande de sus parques y recorrí sus callejuelas empedradas sin poder confundirme con esa gente de rostro amable, que abre las puertas de sus casas con cada puesta de sol, dejando al descubierto, sin ninguna preocupación, la intimidad de sus hogares para salir a sentarse en pequeños grupos y sostener amenas tertulias al fresco de la noche.

Qué diferente es la vida en mi desconfiada tierra, donde todos nos escondemos y cada quien cierra nerviosamente, tras si, la puerta. Casi sicóticos, atisbamos por rejillas, ojos mágicos y pantallas de “intercom” a quien nos busca. Evitamos cruzar miradas, respondemos a distancia y sospechamos, sin importar la facha, de cualquiera que camine por la acera. El valle de la Ermita (Ciudad de Guatemala), a fuerza de vivir tres décadas de guerra y una de terrible delincuencia, se ha vuelto enclaustante: nos encerramos en los autos deseando no tener que detener la marcha en altos y semáforos. Nos parapetamos en las casas: elevamos tapiales que coronamos con razor ribbon, colocamos barrotes en los vanos de las ventanas y apostamos ojos guardianes en los pórticos de cada entrada.

Aquí, en Estanzuela, el ambiente es de otro mundo: aún se puede creer en la gente, se confía en la palabra, se respeta la propiedad ajena, aunque esté descuidada y a la mano. La vida se vive tranquila y, para mi deleite, aún se le puede beber a sorbos.


Gustavo Abril


EL CONTADOR DE CUENTOS




Él era mi tío abuelo, su padre fue un inmigrante español y su madre una mulata cubana; tenía más de ochenta años cumplidos, su pelo era plateado como su barba, su tez tenía un color bronceado claro y sus ojos parecían dos chispitas de un azul intenso; era la imagen exacta del Caballero de la triste figura: flaco, huesudo, con la cara larga, una estatura que pasaba del metro noventa, un espíritu aventurero y un corazón del tamaño de un barco de carga.


Solía alojarme en su casa a la orilla del mar: un rancho grande de horcones de mangle, paredes de caña y techo de hoja de palma que tenia por dentro el calor que sólo se siente en los mejores hogares; mi primo Fausto y yo pasábamos las noches tendidos en un par de hamacas que estaban colgadas justo al lado de su cama, fumábamos para ahuyentar a los insectos mientras “Tío Chano” encendía para nosotros la noche hablando de mujeres, aventuras en la selva, tormentas en alta mar y cuentos de aparecidos; contaba tan vívidamente sus historias salpimentándolas todas con fechas, lugares, canciones y poemas, que daba gusto escucharlas y darlas por realidades sin importar lo fantásticas que fueran.


Cuando nos sentábamos a la mesa solía tomar la jarrilla de peltre para servirse el café; yo movía su taza de un lado a otro siguiendo el trayecto del inquieto y desorientado chorrito y hacía lo mismo con su plato cada vez que se servía la comida; con frecuencia él encendía una vela para caminar en la oscuridad, en realidad andaba de memoria y la lumbre sólo la usaba para guardar la apariencia; es que mi viejito se estaba quedando ciego y no quería que nadie se enterara de su más grande dolor y desgracia.


La noche del 4 de febrero de 1981 “Tio Chano” esperó despierto a que yo llegara de la capital. Al entrar a su casa me entregó una pequeña caja donde guardaba varios recuerdos: monedas alemanas muy antiguas, que alguna vez pertenecieron a un “tesoro”, una figurilla de jade extraída de de una “ciudad perdida”, un broche de oro y esmeralda que perteneció a una misteriosa “condesa” y algunas fotos ajadas de personajes y lugares que yo jamás conocí. “Esta es mi posesión más querida” -me dijo en secreto- “Te la dejo como herencia porque fuiste mejor que un hijo.......es pa´ que no te olvides de mí cuando ya no vuelvas a verme”.


Qué poco se lee en esa lápida que frente al mar se yergue sobre la arena: “Felciano Pelaéz Ambelez. “19 de Sep. 1899 - 19 de Feb 1981” ¿En dónde dice que esa es la tumba de Don Juan Tenorio, El Quijote de la Mancha y Lawrence de Arabia, todos mezclados en uno? ¿En dónde que el que ahí yace era el más grande cazador de sueños y ladrón de corazones? Y ¿En dónde que fue un hombre admirable, mi mas sabio consejero y el anciano mas adorable que yo haya conocido?


Gustavo Abril


jueves, 13 de septiembre de 2007

MI CASA EN REFUGIO COUNTY, TEXAS, USA



Ocaso y estación de gasolina en Refugio

El sol, convertido en un círculo rojo, está a punto de tocar el horizonte que, en esta latitud, parece prolongarse infinitamente. La solitaria carretera que conduce hasta la frontera, traza, en ese tramo, una interminable línea recta que se pierde hasta donde la vista alcanza. Junto a mí, en el asiento de al lado, un maletín de mano es mi único acompañante. En mi mente, el enorme deseo de regresar pronto a casa llena todo mi pensamiento. A mi derecha, sobre un montículo de grava interminablemente alargado, descansan, lado a lado, los durmientes que soportan los rieles de la vía férrea que corre paralela a la carretera. Mientras conduzco la noche casi ha llegado, las primeras estrellas brillan tenuemente en la parte del firmamento que ha convertido al cielo en un personaje de dos caras: una que se pinta de un azul profundo hasta convertirse en negro y otra que arde con el ocaso, en medio de un naranja intenso.


Las primeras señales de presencia urbana aparecen: rótulos que me dan la bienvenida; Club Rotario, Club de Leones, Primera Iglesia Metodista, un pequeño motel de tercera clase, un par de restaurantes ofreciendo “fajitas” y "bbq", y el enorme depósito de agua, con la palabra “Refugio” visible desde cualquier parte. Doblo en la esquina de la pequeña gasolinera que el tiempo dejó prisionera en los años cincuenta. Las calles están casi desiertas. Avanzo dos bloques y luego giro a la izquierda, en la calle de la arboleda. Allí está la casa, a mi derecha; grande, mal pintada y de madera; la hierba en franca rebeldía, el tejado llorando la ausencia de algunas piezas perdidas, y el porch, estrenando sillas plásticas. Hay macetas con flores alegres sobre el barandal torneado, pintado con mala mano; a mis pies, en el pórtico de entrada, saluda el tapete con un letrero que, de tanto uso, ha quedado enmudecido; en el batiente de la puerta, como si me esperara hace tiempo, una campanilla alegre anuncia a la familia Madrigal, mi repentina llegada.

Bob Madrigal es un tipo rustico, mejicano hasta el hueso, que no pierde oportunidad para burlarse de mi acento, siendo, el de él, verdaderamente horrendo. Lo conocí en el año 87, cuando le salvo la vida a un Nissan que compré en Austin. Nos hicimos amigos en medio del Tex Mex que salía de los enormes parlantes de su Oldsmobile con asientos de terciopelo púrpura, en el que viajamos a Brownsville para comprar piezas de repuesto para mi pequeño enfermo. A partir de ese día, atravesar Refugio sin pasar por la casa de Bob, sería, más que una ofensa, un verdadero sacrilegio.

Al entrar por el umbral de esa puerta, la escena de mi última visita se repite: el mismo reguero de juguetes de los “chamacos”, las fotos de la raza inundando hasta el más recóndito espacio, el “la-z-boy” desvencijado, apostado frente al gigantesco televisor, el stereo sonando fuerte y los ventiladores de techo girando quejumbrosamente; Marta recibiéndome con un beso, el olor a la merienda, de la que siempre habrá para mi un plato, la Budweiser helada para mitigar la sed del viaje y el abrazo sincero de ese gran amigo que me hace sentir como si estuviera llegando a mi propia casa con su saludo de siempre: “bienvenido a tu humilde rancho”.
Gustavo Abril




MITAD DE UN TIEMPO

Dejando atras La Fragua
Se acerca el momento de abandonar este refugio en el que he vivido por “la mitad de un tiempo”; sus muros y ventanas, el tejado enduelado y el árbol que lo acaricia cuando el viento sopla, se aferrarán a mis recuerdos e impedirán el olvido. Al salir por su puerta para nunca volver, en sus rincones dejaré mis noches de fútiles pensamientos; en su techo, mi mirada seguirá perdida, y en su silencio sonarán para siempre mis canciones tristes. Aquí dejaré olvidadas las palabras que ya no pronunciaré, y enterraré esas letras que nunca volverán a ser leídas.

En este campo de batalla, me enfrenté a gigantes; luche contra todo y contra mi mismo: lloré, reí, odié, amé....... vencí; encontré un horizonte sobre el que brilla una pequeña estrella......y .me transformé en otro para cambiar mi destino. No sé a qué lugares me llevará el tiempo, tampoco sé lo que he de encontrar en ellos, pero sé que serán diferentes, inevitablemente mejores que ese laberinto terrible del que, al fin, con la ayuda de Dios he salido.

Atrás quedarán esa callejuela empedrada y mis nuevos amigos. Atrás quedaran el orden excesivo que, en mis ratos obsesos, solía imponerme, y el desorden extremo en que resultaba viviendo cuando me sentía abatido. Invisibles, diseminadas por todas partes, quedarán, también, las perversas armas de mis enemigos: dolor, tristeza, añoranza y melancolía, y los cuerpos inertes de los formidables guerreros que, contra mi, las esgrimían: soledades, historias lacerantes, desamores y “la otra mitad de amanecer que no alumbro jamás”. El devenir me trajo hasta este lugar para que viviera y sufriera un proceso oscuro y convulso, pero hoy, ha enderezado mis pasos para llevarme en una dirección diferente. Es hora, ya, de empezar a vivir lo que me resta de vida.
Gustavo Abril

miércoles, 12 de septiembre de 2007